luis felipe comendador: Ir a la página principal

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UNAMUNO. ¿UN POETA DE LA PARADOJA?

Es más fácil crear cuando se hace desde el magisterio aceptado por los demás, cuando se es consciente de ser parte de una historia que crece, cuando se adornan las calles con tu busto vaciado en bronce o tallado en negra y dura diorita, cuando se tiene la seguridad de la atención del lector y su respeto. Don Miguel de Unamuno escribió así su mejor obra (mientras que el error de su época fue admirarle, como bien dijo Aleixandre), dejándose querer y sufriendo con rotunda seguridad por conjuntar lo que Díaz Plaja llamó “mundanismo” y “eternismo” (en ese sufrimiento también se debatía Ramón de Basterra), entre ese “pasar y permanecer” hay que ver la obra poética (y quizás toda la obra escrita) de don Miguel de Unamuno. Don Miguel fue un vampiro de sí mismo que se encerraba en un ciclo filósofico que consistía en chupar su propia alma poética y literaria para poder alimentarse y, a la vez, generar nuevo alimento; era una especie de encoprético raro en constante autodevoramiento. Cierta vez dijo: “...lo único que debe importarle a un hombre es conocer a otro hombre, conocer a los demás hombres. Porque los demás hombres son espejos nuestros y sólo conociéndolos llegaremos a conocernos...”; este entrecomillado resume, quizás, el camino seguido por Unamuno para permacer, haciendo de su vida una apasionada exaltación del “Yo” y una constante obsesión sobre la perduración de su obra y su persona.
En la obra concentrica (toda su obra lo es) de don Miguel concurren constantes batallas entre la fe y la razón; y su lucha por encontrar la certeza de la existencia de Dios es quizás una necesidad que le plantea su ansia de ser inmortal: Si Dios existe, existe la vida eterna; por tanto Dios sería el garante de la inmortalidad de su alma.
Unamuno es un poeta tardío, otoñal (como él mismo se califica) y ciertamente contradictorio que nos proporciona un magnífico material para jugar a la heterodoxia. Entra en la poesía con una tremenda carga filosófica y literaria, y lo hace con 43 años, publicando el libro “Poesías” (1907). Del Unamuno poeta apunta Rubén Darío que no se interesa por la forma ni por la música, sólo por la “densidad” del pensamiento poético, lo cual viene a demostrar que don Miguel aparece en el panorama poético de la época con unas propuestas totalmente diferentes, tanto en concepción como en estructura, a las que se llevaban. El mismo Unamuno asegura que desea que su poesía sea reacción contra Núñez de Arce, contra “las insoportables soflamas rimadas de aquel... mal poeta que se llamó Quintana” y contra lo versos de tantán de Zorrilla
El primer esfuerzo poético realizado por Unamuno fue la incorporación a nuestra poesía del verso libre y de la forma de Leopardi junto a un contenido conceptual traído de la poesía inglesa de Coleridge, Wordsworth, Browning, Tenyson, Burns y Keats. Quiso aportar al panorama poético español una poesía meditativa y libre de vaciedad oratoria. No obstante, la falta de flexibilidad de los versos de Unamuno suma mucha dificultad a su lectura y hace que, a pesar de que él le dijo a Clarín en una carta que “Al morir quisiera, ya que tengo alguna ambición, que dijesen de mí, ¡fue todo un poeta!”, sea de más calado su obra ensayística, narrativa y teatral. No son desdeñables, ni mucho menos, poemas como “Al Cristo yacente de Santa Clara”, en el que don Miguel juega a un juego de muerte, a una ruleta rusa, con la angustia y el terror que produce la visión del Cristo de Palencia (“Este Cristo cadáver, / que como tal no piensa, / libre está del dolor del pensamiento...”), que luego se convertiría en un denso diálogo en el drama “Soledad”.
Lo que a mí me produce la obra de don Miguel es un constante sentimiento contradictorio de admiración (la dureza de ver pasar y morir a un hijo hidrocefálico, la vivencia literaria de la tragedia de su España y el enconado silencio de Dios) y de aunténtico enfado. Me atrae ese constante afán de luchar contra todo y contra todos, su originalidad y la profundidad de sus escritos, en los que demuestra que la palabra es el instrumento creador del hombre enfrentado al “verbum” creador de Dios; y me enfada muchísimo su orgullo casi espartano y su permanente preocupación por no desaparecer. A su agresivo lenguaje iba siempre sumada la “ridiculez” de la trascendencia (como petulante imposibilidad de desaparición) y la maravillosa telaraña de la duda. Como lector me duele decir que el Miguel de Unamuno poeta no me emociona y, aunque me hace pensar, no me araña el alma. Le otorgo el valor de llegar al conocimiento por la desorientación y, sobre todo, su aportación al hermoso juego de las contradiccones.
La certeza es que todo se acaba y se consume, y la duda puede ser un “quizás no”. Don Miguel de Unamuno era una lucha entre esa certeza y esa duda, su poesía lo refleja, pero... prefiero, sin dudarlo, su prosa.


DELICIOUS


El verano arrastra un calor faulkneriano a nuestros cuerpos derrotados, y un dengue de son cubano se mezcla con el sudor y el café frío. Es tiempo de blues también y de música espesa que nos amontone a lametones de instrumentos Honner o Fender.
Con este latir lento sobre el sillón de trabajo me acompañan Charlie Musselwhite y Eliades Ochoa y Gardel y las Arias para Durastanti de Handel -sobre todo la Qual leon interpretada por Lorraine Hunt- y Billings y Walton y Nicola Matteis y Johann Kuhnau y Pelham Humfrey y Cornago y Kedrov y Lalo Martel y Andrés Falga y Astor Piazzolla y Jorge “Che” Sarelli... La música metida en rayas por la nariz, metida en vena por las ingles, metida en el puro chorro de sudor que soy.
Y me detengo para leer capítulos sueltos de Lolita o de El cartero siempre llama dos veces o de El verano de la iguana o de Trópico de cáncer o de Cartas de navegación y olvido... Letra y música y verso y calor y moscas y sombra caliente y cerveza fría y horas lentas, pesadas, interminables.
El verano es un guión largo lleno de carne caliente y dorada, de muslos cremosos e infinitos, de hombros como tes sinuosas -esas tes de estilo de la tipografia antigua-, de ropa interior adivinándose, de pechos redondos coronados de un siena oscuro. El verano es libidinoso y tendido y blanco como la ropa blanca y voluptuoso.
Suena ahora el My time someday, y la ventana abierta es pantalla franca por donde discurre el verano abrasándolo todo. Pasa una muchacha con un top políglota y con un short crudo. Su andar es de una descarada seguridad, su contoneo invita a la mirada directa. El hombre es perfecto a veces,... y la mujer también. La ninfa se pierde tras los cristales irreales de la imprenta y entra en el campo de vista una anciana de andar lánguido y cansino. El tiempo es una putada, y lo grita el verano con su voz quebrada.
Me agrada pensar que el mundo se está abriendo al disfrute de la edad, que vamos avanzando en ese acabar con una moral que nos mata en vida, que ya el gozo se alimenta sin retórica de las pasiones diversas que nos indican los sentidos. El verano acentúa, pone cremas y admiraciones, sustituye los puntos finales por comas eternas y por magníficos puntos suspensivos, y se pasa de la literalidad al indicio delicioso en cada mirada, en cada gesto, en cada gota de sudor.
Ahora suena La noche que me esperes, interpretada por Andrés Falgas, y se me tuerce la razón, se me retuerce. Crecen las ganas de la huida con este tango y es urgente buscar frescor en el botijo,... y realidad. Es justo baremo de realidad la balsa que hoy son mis sandalias y la puñetera goma de mis gayumbos apretando sin medida el continente abrasado que padezco.
Verano delicioso con olor a geranios calientes en el balcón de mis suegros. Verano con cigarros infinitos. Verano de voluptuosidad constante. Verano de una lentitud jamás imaginada.
Pieles rozando pieles mientras se rompe un Siboney alumbrando la noche llena del ardor total.
Fue necesario el verano para que en La Alquitara pusiera Miguel un aire acondicionado que enfría para calentar aún más la imaginación, el indicio y la memoria.
Verano. Delicious cierra el día contrapicando notas imposibles. Me fumo el enésimo Chester de la jornada, degusto un vaso enorme de leche con Colacao, miro en la nueva tele bejarana la peli porno subvencionada por la Unión Europea -no puedo creerme ni las medidas del protagonista masculino ni que Europa financie estas cosas con conocimiento de causa- y pico la uno con mi mando a distancia. También ponen sexo. Decido dormir envuelto en sudor, arropado en sudor, diluido en sudor.
Mañana será otro verano distinto y caliente.


TRES ENCUENTROS CON CLAUDIO


A Claudio le conocí bastante antes de conocerle, cuando con envidia y admiración leía el “Don de la ebriedad” en mi tienda de bebés de la calle Colón. Entonces Claudio era el poeta inalcanzable, un tipo muy semejante a esas periquitas de las revistas que uno piensa que no existen porque son intocables e inalcanzables. Pero Claudio existía, lo juro, que yo llegue a tocarle y hasta a tomarme algunas copas con él.
Nuestro primer encuentro sucedió en unos cursos de verano de El Escorial a los que asistí con el amigo Antonio G. Turrión. El curso lo dirigía Paco Castaño, y Claudio era la figura de cierre -no se me olvida que el título del curso debiera haber sido “El sexo en la boca del poeta”, pero la ñoñería universitaria obligó a un cambio más cercano a la moral pepera-. Claudio apareció por el Felipe II el día de su intervención, aunque no se le vio en toda la mañana ni en el aula, ni en los pasillos del hotel, ni en la terraza, ni en el bar.
A eso de las 3,30 de la tarde, cuando todo el mundo hacía siesta, yo acostumbraba a sentarme en la terraza para pensar y escribir algo delante de un café con hielo. Ese día me disponía a llevar al dedillo mi costumbre cuando vi en el bar vacío, acodado en la barra, a un tipo pálido, más mayor de la edad que prometían sus modos y colgado de una copa de una bebida incolora. Yo enseguida reconocí al maestro y, sin pensármelo dos veces, me acerqué hasta él y me presenté con descaro. Claudio me miró con sus ojos vidriosos y perdidos y, sin más, empezó a tararearme una canción etílica que me supo a verdadera gloria. ¡Lo primero que hizo Claudio Rodríguez fue cantar para mí! Luego me invitó al café de mi costumbre y hablamos de temas absurdos durante un tiempo.
De aquél primer encuentro recuerdo una terrible derrota en sus ojos, un sornabique cariñoso en la nuca mientras me decía “Chaval, chaval, qué majo, chaval”, y una foto sentado a sus pies junto a Eduardo Moga.
Su discurso aquel día fue el de un hombre acabado, pero el de un poeta inmortal.
Después de lo de El Escorial volví a estar con él en una cena en Madrid -le vi más distante y más enfermo- y en un acto -tambien en Madrid- donde le encontré de un verdoso amarillento alarmante, pero siempre con una sonrisa angelical en sus labios -aquel día me dijo: “Felipe, lo mejor son los amigos,... la poesía sólo es una anécdota que nos hace pasar el tiempo en el que los amigos descansan de tanta amistad”.
La generación del gran poeta zamorano se lo bebió todo: el amor, la vida, todo el alcohol y hasta la muerte.
De las andanzas de Claudio supe mucho por charlas magníficas con nuestro común amigo Jesús Hilario Tundidor -como esa historia en la que una noche de farra se apostaron Pepe Hierro y Jesús Hilario a que este último no era capaz de tirar a Claudio al río, y Jesús Hilario ganó la apuesta mientras Claudio intentaba hacerse con la orilla a brazadas.
Claudio también salió en diversas conversaciones con Jaime Siles -en aspectos más bien oscuros-, en otras con Pepe Hierro, que lo tenía como a un amigo del alma; y en una última, durante un viaje Ávila -Salamanca con Luis García Jambrina –su estudioso más sesudo–, en la que Luis me certificaba que Claudio tenía ya en la frente el estigma de la muerte, mientras me contaba la alegría que se llevó cuando Jambrina le llamó para decirle que le habían otorgado el premio Fray Luis de León por un estudio sobre su poesía, a la vez que se ruborizaba por la importancia que se le daba a su aportación al mundo de la literatura.
Hoy me apetece recordar aquella melopea que me tarareó Claudio Rodríguez en El Escorial mientras comparto las lágrimas que una buena amiga estaba derramando el día después de su muerte,... cuando la llamé estaba leyendo a Claudio y estaba hecha un río de lágrimas por el paisano, por el poeta, por el hombre más sensible de la poesía española del último siglo.
Descansa en paz, maestro, en ese tu don de la ebriedad tan bien bebido.


DEL SUICIDA


No sé ponerle medida a las cosas que hago, y eso en el fondo es una ventaja más que un problema, pues mis vías de escape siempre están transitables y apenas corro el peligro del terrible efecto “olla a presión” que tanto afecta a esa gente que se come sus problemas y los mastica y los deglute y los regurgita en una digestión interminable.
A veces sé que soy desagradable, hiriente, afilado, lenguaraz,... pero ese ser tan agresivo y tan volcado hacia afuera me apacigua el ánimo y me proporciona una paz que necesito como el comer.
Viene esto a que hoy me he enterado del suicidio de otro poeta, esta vez un granadino de la tan querida y odiada tradición de la Poesía de la Experiencia, al que no me apetece nombrar por una especie de respeto que me está creciendo en las entrañas. Hoy creo mucho más en su poesía y menos en la tradición que lo albergaba, como creo en Cesare Pavese o en Ana Svetaieva o en Goytisolo o en Aníbal Núñez o en Fonollosa o en Víctor Botas.
El suicidio es, al cabo, un acto de libertad individual que siempre he respetado -quiero aclarar que los tres últimos poetas no son suicidas en el más estricto sentido de la palabra, los otros sí-. También creo que la muerte decidida y ejecutada es un acto vital que afirma la obra y que engalana y corona un buen curriculum y discuto con quien quiera que jamás el suicidio es un acto de cobardía -sin entrar, claro, en consideraciones memas de calado religioso y otras ñoñerías esperpénticas por el estilo-. El suicida hace, repito y enfatizo, un acto de libertad individual que jamás le deshonra, siendo, por lo común, los más cobardes los que sobrevivimos sumando cargas y mentiras a nuestro pasar diario. El suicida define, acota, rompe, libera y se libera, acaba. Se me vienen ahora a la cabeza suicidas tan lúcidos, revolucionarios y constructivistas como Esenin y Maiakovski -de los que no hace mucho he hablado con mi amigo Miguel Gosálvez-, suicidas librepensadores y tan humanos como Tito Lucrecio Caro o Walter Benjamin o Temistocles.
Pero hay otro tipo de suicidios, son los suicidios menores que nos hacemos a diario y que quizás esos sí sean suicidios llenos de cobardía y de miseria. Los suicidios menores pueden ser suicidios de palabras o de versos, suicidios de miradas, suicidios de puro derecho pero nunca de hecho,... y esos suicidios son una buena vía de escape a las presiones absurdas a que nos somete el mundo ridículo que nos hemos adjudicado como decorado irrenunciable.
Yo ya sólo sé que las tardes se tienden en una siesta interminable, que las noches son tiempo perdido, que las mañanas apenas sí me dejan percibir otra cosa que no sea la consciencia de un cuerpo cada vez más cansado y más lleno de carencias físicas y mentales. Sólo unos minutitos de lucidez diaria me dan la oportunidad de escribir lo que quiero decir, y eso, de momento, me basta para soportarme y para soportaros,... eso y una cobardía enorme que se me instaló en el centro de las vísceras a fuerza de una ñoña educación salesiana represiva y un respeto hacia ciertos valores que sobrepasa sin yo quererlo el límite de mi razón.
Ante el panorama vital que me espera -que nos espera- yo sé que permanecer hasta el último minuto prestado es vivir en la derrota, pero echar la bilis en palabras me va haciendo pasar el trago con cierta tranquilidad de ánimo. Quede el optimismo para los optimistas, el equilibrio para los equilibrados, la lujuria para los insatisfechos y el rubor para los enamorados. Yo me quedo con el miedo y sus poderes, con la sinrazón de no hacer lo que tengo que hacer, con la cobardía como hábito, castigo y penitencia.
Antes de morir y de vivir,... y por no saber vivir ni saber morir, me quedo con la palabra. ¡Salud!


LA TENTACIÓN VIVE ADENTRO


Del “Venus y Adonis” de Shakespeare es una magnífica pregunta de carácter asertivo que dice “¿Quién ha sido tan pusilánime que no haya osado acercarse al fuego en una estación fría? De puro perogrullo se sostiene la pregunta, y más cuando se refiere, como en el caso de este anglosajón universal, a la tentación de la carne mostrándose entre tules magnífica y generosa.
Pero la tentación se alimenta de imaginación, y en la mente es en el único lugar donde abundan las bacantes y las lesbias. El campo de lo real es otra cosa, pues en él se diluye la imaginación y toma forma lo concreto, lo tangible y lo mensurable con altas dosis de fraude sobre lo pensado. Pero el campo de la idealización es absolutamente necesario para soportar los duros golpes de realidad que nos asesta la vida cada cuarto de segundo.
Tanto el placer como el dolor alimentan el paso y lo hacen ponderable, en ellos está el verdadero sentido de la vida siempre que vayan unidos a dudas constantes que nos obligen a reflexionar, a pensar y a pensarnos; porque todo es bueno si se tiene la medida justa de su uso, también la tentación,... sobre todo la tentación y todos los elementos que la rodean -la pasión, el deseo, la urgencia desatada-. Y es que creo que hay que reivindicar las potencias que nos hacen sentir vivos, hay que defenderlas a muerte.
Y no es esto parte de ese carpe diem tan popularizado por poetas de todos los tiempos, no; el asunto del que hablo tiene mucho más que ver con la eternidad de Marcel Proust -la eternidad de un segundo- que con ese vivir el momento tan poético y tan poco practicado por la mayoría de los mortales. Yo me refiero a alimentar constantemente un mundo de sensaciones exteriores para dotarnos de caminos paralelos en los que poder vivir idealizando -soñando, si se quiere- una vida distinta y a todas luces imposible de vivir. Todo es muy simple: Si el objeto de deseo nos desprecia o sencillamente pasa de nosotros, en ese camino paralelo del que hablo -un camino menos físico, pero mucho más intenso- nosotros concretamos el pensamiento del objeto de deseo, lo diseñamos y lo archivamos en nuestra cabeza como cierto, y a partir de ese punto, con esa cereteza de un pensamiento ajeno creado por nosotros, dejamos que nuestra imaginación corra y nos lleve por caminos libidinosos o de odio profundo y nos centre en una vivencia en la que el objeto de deseo -ausente de partida- se amolde a nuestras necesidades. No es más que eso, y por muy complicado que parezca explicado así, es un proceso sencillísimo al que acudimos constantemente para enriquecer nuestras vivencias, pero, claro, todo suele desarrollarse de forma instintiva y apenas somos conscientes de su valor y del sentido creativo y enriquecedor que tiene para nosotros.
La meta es ser conscientes del proceso mental para disfrutarlo con toda la intensidad que sea precisa.
Para ser más claro, es lo mismo que le sucede al celoso que se come la cabeza en una espiral de pensamientos basados sólo en conjeturas. Las conjeturas de los celosos se llevan siempre al terreno de la certeza, y es cuando cobran visos de autenticidad, con el consiguiente sufrimiento que conlleva para el celoso y para su víctima,... pues esta historia es igual, pero siempre con un sentido positivo de lo imaginado.
Si nosotros somos capaces de crearnos las necesidades, ¿por qué no vamos a ser también capaces de crearnos campos mentales donde saciar nuestras necesidades, sean del tipo que sean?
A mí me gusta imaginarme constantemente lo que piensan los demás, las personas desconocidas con las que me cruzo por la calle, y todo acaba siempre en esa tentación constante de remover todo para mi gozo, de saber todo por acuerdo unánime conmigo mismo. ¡Ay!

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