18 de diciembre
Pasó la asamblea de Premysa y puedo decir que he quedado satisfecho y más convencido que ayer de que la cosa marcha viento en popa. Lo más importante, desde mi punto de vista, es que se está consolidando un grupo sólido de trabajo y que el proceso de elaboración de proyectos parece que va por caminos correctos y ajustados a la realidad. Si a ello le sumamos el apoyo empecinado de Jesús Caldera, la asesada apuesta del presidente de Caja Duero –«sólo financiaremos proyectos realistas que en sus estudios previos arrojen un futuro en positivo»–, la original mirada práctica de Francisco Montero y la sensata visión inversora de Mariano Rodríguez o el conocimiento de las triquiñuelas administrativas de Angelito de Prado... aparte de los apoyos de Iberdrola, Globalia y un etcétera potente y esperazador de personas con alto nivel de gestión; creo que estamos –ahora sí– ante un proyecto esperanzador y con visos de realidad entre las manos. Y hay que citar la magnífica labor de Cipri, que ayer se me descubrió a los ojos como la persona perfecta para mediar entre la tecnocracia, la burocracia y el personal del negocio pelado.
Un muy bien para todos, empezando por la gerencia y terminando por el bueno de Paulino.
Sólo me queda que decir, por poner alguna pega, que Premysa debe aprender a venderse mejor en el día a día y no confiarse en el milagro de la subvención –que ese milagro es siempre una trampa–. Debe empeñarse en trabajar unas raíces sólidas que la hagan presente en la comarca y necesaria en el tiempo, y debe emprender una labor constante de autocrítica para no cometer errores y no perderse en ideas dispersas.
(tarde) Después de la reunión interminable de Premysa, participé de buen rollo en el festival de Navidad Rotary para comprar juguetes a niños necesitados. Conté la historia de Youssouph y me quedé tan fresco.
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