19 de diciembre
Hoy estoy fundido como una bombilla vieja o como uno de aquellos plomos de la casa de mi abuela: Miguel Ángel se ha casado y yo aún le tengo en la retina con cinco añitos, hablando solo en la cabina telefónica de Olivillas y mirándome con sus ojos enormes y profundos, durmiendo su siesta en el sofá de los yayos o haciendo ascos a cualquier comida que se le ofreciese –lo que le costaba comer a mi chavalote cuando era crío–. Miguel Ángel es un poco mi cromatografía vital, el primer sobrino que se desposa y me desposee de un tiempo que ya creía eterno y mío. Él acumuló siempre –y acumula– una paz tranquila que se le mete por los poros a quien le toca o le mira, una sonrisa leve y constante que sugiere un cariño dulce y algo de misterio... y en esa sonrisa se ha llevado parte de mi tiempo y un amor distinto que ahora sé acotar y determino con franqueza que me hubiera gustado gozarlo más intensamente... Pero el niño sigue bajo ese hombre brillante que es orgullo de todos sus cercanos y no me resigno a perderlo, y por ello no me quitaré nunca de la cabeza la imagen constante de Miguel Ángel sentado en las rodillas de Antonio y pasando de la risa al sueño y del sueño a la risa.
Me has dado todo lo que no quiero quitarme de encima y me has quitado la lágrima que quiero aún derramar por verte cerrar un ciclo y comenzar otro. En lo sucesivo, «Ne... netilo», me encantaría poder disfrutar y sufrir junto a ti cuando la cosas se anuden o se tuerzan. No me olvides, coño, que te quiero un güevo.
(noche) Escucho la banda sonora de «2046» y siento demasiadas ausencias sobre mi frente, demasiados silencios listos para explotar y romperme un poquito el corazón. Y sé que soy el culpable de esos silencios, pero no he aprendido a resignarme en mi culpa. Estoy triste tranquilamente o tranquilamente triste –que no es lo mismo aunque lo parezca– y vuelvo con hambre a la obra de Eugenio Montale para ver en ella nítidamente a Abraham –«No conserva el espejo ennegrecido / sombra de vuelos (ni rastros hay ya del tuyo...»–, y vuelvo a los poemas de Cortázar para encontrar en ellos a una musa perdida –«Tu idioma -el de los hombres miradores de nubes- / se alzaba en las barcazas al soplo de la noche, / y el puñal del peligro y el dorado ocelote / y esperarte sin tregua más allá de las cumbres.», y busco a Pepe Hierro para estar con Morante –«Con sílabas de alga y de marfil / compones nombres que antes no existían...»– y en Catulo me rindo para verme a mí mismo –«Odio y amo. ¿Por qué hago yo esto?, preguntes acaso. Yo no lo sé, más lo siento y ello me causa dolor.»...
Y me despeino en las notas de «Perfidia» sonando en mi cabeza como una oración o un final pequeño. Siento demasiados silencios esta noche. Y no es malo, pues aún siento.
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