16 de enero
He vuelto a la «Antología de Spoon River», de Edgar Lee Masters porque encontré ayer entre mis escritos una referencia al poema «Mickey M’Grew» en la que citaba «Fue como todo en la vida: / algo exterior me hizo ir cayendo...», y he pasado un par de horas revisando poemas y buscándoles un personaje conocido de mi pequeña ciudad estrecha. Todos los poemas que he leído esta tarde, sin excepción, tienen un tipo bejarano que les encaja. Luego me ha dado por buscar un nexo de unión felliniano con esta suerte de epitafios como voces, y mi cabeza ha empezado a darle vueltas a una nueva aventura creativa en la que personajes reales se traten a sí mismos, en primera persona, con dura ironía y con acidez.
Puede ser un trabajo ingente, pero probablemente merezca la pena usar mi tiempo en hablar de los demás desde su voz desnuda para conocerme mejor a mí mismo, y hacerlo con esa clave Cortázar de inventar la verdad que quiero en un juego que puede tener el peligro de mover fichas reales en mi tablero imaginario. Una antología de Béjar que no llegue a la caricatura de aquel «Grotescario...» de Gabriel Cusac y que sea capaz de trascender las murallas de este pequeño planeta salmantino.
Puede ser un ejercicio interesante y muy revelador.
(22:45 horas) Cuando Otto Dix dijo «me haré famoso o tristemente célebre» yo aún no había nacido, a pesar de que Otto falleció en 1969. En su objetivismo dejó imágenes que hoy me hacen sentirme famoso y tristemente célebre a la vez y en mi interior: «famoso» de «hambre» y tristemente célebre por esta seguridad de que nunca conseguiré autorretratarme con la mirada que él lo hizo... ni siquiera alcanzaré a escribir desde esa mirada de terrible seguridad. Sólo con conseguir alumbrar un verso que contuviese la mirada de su «Autorretrato con clavel» o de la que clava desde su «Autorretrato con bata de pintar» me daría por satisfecho y tiraría mis plumas al abismo más cercano para no volver a escribir.
El disfrute de la obra de Otto Dix durante los últimos siete meses –Miro su libro editado por Taschen todas las noches con delectación– me ha llevado a meterme en una vorágine interminable de hacerme autorretratos con ceras, con acuarelas, con tinta china, en collages locos a base de papel, sobres de azucarillos, pegatinas y recortes de periódicos... El resultado siempre es una cara de expresión triste con la mirada fija en un punto que aún no he conseguido encontrar. Cuando me detengo en mirar todos mis autorretratos, me veo vacío y me domina una sensación de fracaso que se me está haciéndo crónica... y busco como un loco el láudano de Ensor, el desconcierto de Tápies o la mirada lúdica de Kirchner, para acabar siempre engolfándome en la lectura de algún poeta viejo que me anime a seguir en esta historia de buscarme para no dener mi paso y caer en la red del pensamiento absorto... René Char, Pedro Casariego o Vicente Huidobro me hacen llegar al sueño agotado y sin sangre en mi camisa.
|