19 de enero
Hace un tiempo, durante uno de sus viajes a Francia, mi amiga Belén estuvo en Montolieu, un pueblecito cercano a Narbonne que vive absolutamente del mundo del libro: librerías especializadas de todo tipo, librerías de viejo, talleres de encuadernación, el Musée Michel Braibant y todo tipo de actividades alrededor de la edición. De aquel viaje me llegó noticia con un libro adjunto («Les Blasons du corps féminin») que, debido a mi flojera con el francés y a la falta de tiempo, hasta el día de hoy sólo me había dedicado a hojearlo/ojearlo para disfrutar de las imágenes que contiene –fotos en color de detalles de pinturas muy reconocibles de la escuela de Fontainebleau que siempre representan partes del cuerpo femenino–. Hoy, con unas vacaciones cortas en mi billetera, me he detenido a leer los poemas que acompañan a las fotografías y me he quedado absolutamente absorto. Versos de Albert le Grand –seudónimo de un poeta desconocido del siglo XVI–, de Michel d’Amboise, de Gilles d’Aurigny, de Eustorg de Baulieu, de Guillaume Bochetel, de Victor Brodeau, de Lancelot de Carle, de Claude Chappuys, de Gilles Corrozet, de Bonaventure Des Périers, de Antoine Heroët, de Maclou de la Haye, de Berenger de La Tour d’Albenas, de Pierre de Lieur, de Clément Marot, de Jacques Peletier, de François Sagon, de Mellin de Saint-Gelais, de Huges Salel, de Maurice Scève y de Jean de Vauzelles –anoto a todos los poetas porque merece la pena hacerlo–. En el libro aparece una nota en la que se hace constar que la primera edición data del año 1550 y que existe una reedición del año 1866, realizada en Amsterdam... hasta la edición que ha caído en mis manos, de André Balland, por gracia del afecto de Belén, realizada en París, en la imprenta moderna de Lion, el 25 de abril de 1967. Un auténtico placer para los sentidos que recomiendo vivamenta a quien pueda tener la suerte de acceder a esta obra.
Con «Les Blasons du corps féminin» me he tirado practicamente siete horas de traducción rápida y lectura e, incluso, se me ha pasado por la cabeza meterme en harina, volcando el poemario completo al castellano con el fin de buscarle una salida en mi editorial si me fuera posible. Antes, voy a bucear por internet para intentar conocer más datos de esta obra y de los viejos poetas que conforman este delicioso canto al cuerpo femenino.
(20:03 horas) Por la tarde me ha llamado Dieguete con la grata noticia de que va a ser padre, una circunstancia que me alegra sobremanera, porque va a darle otra perspectiva de la vida, una que le hace mucha falta a mi amigo para que se llene todo su espacio de sentimientos positivos y optimistas. Los hijos son un gran regalo para los tipos tristes como Dieguete y como yo. Te deseo lo mejor, hermano. Y también me ha llamado Morante para indicarme que ya voy a firmar con el ayuntamiento de Rivas el contrato para realizar la biografía incompleta de Luis Pastor, lo que me va a obligar a ponerme las pilas en este trabajo, pues debo tenerlo rematado para el verano próximo. Otra vez a vestirme de autodisciplina para cumplir unos plazos... quizás me venga bien.
(21:12 horas) durante los últimos días tengo cierta mirada elegíaca hacia la gente. Me cruzo con algún conocido por la calle y me lo imagino muerto e intento resumirlo. Quizás todo tenmga que ver con esta fiebre «Spoon River» que me ha sobrevenido. En realidad es un buen ejercicio para entrenar mi sentido creativo, ver al vivo e imaginar su falta con las consecuencias cercanas –pequeñas o grandes– que ello me traería. Y he llegado a darme cuenta de que la desaparición de la mayoría de la gente con la que me cruzo no me afectaría ni un ápice, pues no cambiaría de forma alguna la idea que tengo del sentido de la vida, que es donde quizás radique la razón para dar una vuelta de tuerca a mi forma de ser, pensar y escribir...
Últimamente me veo como un recortable ya recortado y perdido, como una página a la que le falta el espacio que yo debiera ocupar y ya sólo es capaz de enseñar mi contorno y, debo admitirlo, no es una situación desagradable sentirse desaparecido y que sólo quede la posibilidad de una mancha o un hueco donde debiera estar mi cuerpo entero. Sí, hay momentos en los que parece que vuelvo a tomar forma, como por ejemplo esta mañana, cuando, durante un descanso de lectura, charlé con Juanito de nuestra «misión en la Tierra» como seres humanos, de la militancia en la causa de la justicia y en la guerra contra la caridad que siempre deja a la persona objeto de ella con una sensación de culpa y desamparo personal. Le dije a Juan que temo más a un tipo caritativo que a un fascista cabrón y declarado, porque la caridad pone una máscara amable al sentimiento más egoísta que existe, que es el de la vida después de la muerte –hacen caridad para tener una mejor parcela en «su Cielo», no para poner solución a una situación injusta, y se quedan tan felices, tan dignos, sin sensación de culpa y sin remordimiento por los fracasos ajenos y propios–. Sí, prefiero a un Maldoror que a un caritativo.
También hablamos de nuestra apuesta social, y valoramos nuestro convencimiento de que es más útil trabajar con situaciones individuales que perder el tiempo en arreglos de un mundo que nos queda grandísimo. ¿A qué extenderse en protestas y declaraciones de intenciones?, ¿para qué perder el tiempo en valorar hechos y circunstancias que de ninguna manera podríamos cambiar ni con mil vidas que viviéramos? Tenemos los dos muy claro que hay que tirar adelante con los problemas cercanos y siempre con gente cque tenga cara, nombre y apellidos. Solucionar un problema particular en base a los cánones de la justicia social que nosotros entendemos y hasta que no solucionemos ese asunto, no pasar a otro... Sé que esta percepción que expreso es de mirada corta, pero la edad me ha hecho comprender que los solucionarios utópicos o los grandes proyectos de vida son el camino más directo al fracaso personal.
Y todo esto no es un estorbo para la opinión, por supuesto, pero una opinión sin vocación de arreglar nada, sino una opinión como grito para sacar adrenalina. Y es que los acebes van a seguir escuchando sólo a los zaplanas mientras se corren de gusto por la forma en que destruyen el tejido progresista y democrático; los nacionalistas van a seguir pensando que en el nacionalismo está el desarrollo social sin darse cuenta que para conseguir un mundo sin fronteras es necesario no ser propietario de nada que implique aislamiento o sentido de clase, raza o bandera; los militares van a seguir en su dormida postura involucionista porque son los dueños de la llave de la luz apocalíptica; los gobiernos van a seguir pensando que la Carta de Derechos Humanos es purito papel mojado y que cualquier inmigrante sin papeles es un cero a la izquierda de la izquierda... ¿A qué discutir, si existen las religiones y las alimentan los fieles con un fervor suicida, si existen millones de obreros de derechas, si el mundo esta gobernado por infinidad de meapilas con ideas que no se sostienen ni con armadura...?
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