20 de enero
Ya van 10 años de «Clarín» y la revista se ha asentado como una plataforma de cierta clase literaria, arropada en un halo de intelectualidad burguesa y muy interesada en alimentar el concepto de «tradición» para auparse a un pedestal literario que poco tiene que ver con la creación y mucho con la taxonomía y sus consecuentes beneficios. Con esto no le quito valor alguno a la revista «Garciamartín», coño, pues reconozco que me ha deparado magníficos momentos de lectura. El problema es que se ha configurado como una propuesta cerrada –como casi siempre– a otro tipo de voces que no claven el color de su «pantone», trabando un recorrido lineal en el que se da uno de golpe con propuestas epigonales y excesivamente repetitivas, y diez años de lo mismo es demasiado.
En todo caso, cada uno en su casa hace lo que le da la gana, por supuesto, y yo sé lo que compro cuando pillo «Clarín», que aún soy algo consciente de mis actos.
La enhorabuena, en todo caso, por saber conseguir las pelas para mantenerse y por ser el eco de una pequeña porción de la literatura en castellano –también se agradecen los descubrimientos de literatura en otras lenguas y la aceptable media de acierto en las traducciones–. En fin, que siga hasta donde pueda seguir este siempre lo mismo.
(12:20 horas) Siempre me ha fascinado todo lo que no tiene importancia, hasta el punto de que acostumbro a detenerme en la observación de «todo lo que no tiene importancia» constantemente, con la consecuencia de que normalmente pierdo la referencia ante los ojos de los demás con mis valoraciones y la disposición de lo no importante en mis conversaciones. A veces me doy cuenta de que mis interlocutores piensan que soy un lunático y procuro darle un giro al asunto para que la cosa no vaya a más. El caso es que de la observación y la consideración de lo no importante siempre he sacado resultados reflexivos satisfactorios que, con harta frecuencia, han terminado por convocar a la creación.
(15:45 horas) Durante el café he estado leyendo la noticia amarillísima que da hoy «La Gaceta» de Salamanca sobre el asunto de los papeles de la guerra incivil española, y yo me pregunto si toda esa turbamulta que sale a grito pelado contra esta decisión, sabe lo que es un archivo y qué es lo que contiene –en este caso–, y a quién pertenecen los documentos, y cómo llegaron a Salamanca, y por qué se llevan solicitando 30 años por sus propietarios esos fondos compuestos de fotos personales, cartas íntimas, carnets, cartillas de racionamiento, órdenes de traslado, cartas de pago o certificados de defunción en los que figuran unas fechas que aún no conocen algunas de las familias de los protagonistas... Y es que el sistema de funcionamiento de nuestra sociedad está modulado constantemente por los medios, que a su vez están mantenidos por el capital interesado en dirigir la opinión hacia donde más le interesa.
Para vivir en esta sociedad con alguna garantía, sería fundamental que todos los ciudadanos que la componemos estuviéramos formados en valores de lógica, razón y uso crítico/autocrítico. Sin esta base, todos somos nuevos analfabetos que nos dejamos manejar por los hilos de un poder que apenas podemos comprender y nos utiliza constantemente para lograr sus espurios fines.
Ya he dicho muchas veces que he llegado a la conclusión de que es mejor caminar solo, aferrarse a la individualidad y autoimponerse ciertas normas de uso de lo social. No hablo de aislarse e incomunicarse. Hablo de tomar decisiones individuales para comprometerse en asuntos colectivos sin que estos te maleen en su turbiedad dirigista... y mostrarse siempre firmes en la decisión tomada.
(16:40 horas) Anoto que hoy he descubierto a un cantante que se llama Ben Lee y que me ha impresionado vivamente. Tengo que conseguir algún disco de este tipo.
(22:03 horas) «No tenemos más que esta virtud: comenzar / cada día la vida –ante la tierra, / bajo un cielo que calla–, esperando un despertar.». Lo escribió Pavese y, sin embargo, un día 27 de agosto se metió entre pecho y espalda doce sobres de somnífero para no volver a despertarse más. Mejor prefiero no cansarme de comenzar una vida con cada llegada del alba.
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