22 de enero
Qué bueno es el poema «J. Milton Miles» de Edgar Lee Masters («Siempre que sonaba sola la campana presbiteriana, / yo sabía que era la campana presbiteriana. / Pero cuando su sonido se mezclaba / con el de la campana metodista, la cristiana, / la baptista y la congregacionista, / ya no podía distinguir / unas de las otras, ni aquella entre todas. / Y, así, como en la vida me llamaron muchas voces, / no te extrañe que no pudiera reconocer / la verdadera de la falsa, / y ni siquiera, al final, la voz que debiera haber reconocido.»), que, aunque en clara referencia a John Milton, se extiende con maestría a lo universal... Pero la mirada monocolor es una trampa tan dura como la mirada dispersa... ¿O Edgar Lee Masters habla de «nitidez»?
Yo prefiero un mar de campanas en el que de lo borroso nazca una certidumbre, un convencimiento de que por el bullicio de la pluralidad puede llegarse también a la voz reconocible. Porque la verdad no existe sino en su propia invención y la mentira es a veces el valor más interesante de la verdad. Ser en soledad el cedazo de todos los sonidos que te llegan para escoger la sensación que más te conviene: ahí es donde comienza el crecimiento individual.
(12:26 horas) Acaba de irse Youssouph y me ha hecho prometerle antes de irse que le grabaré el disco «Blues the bone», de Etta James, que le he obligado a escuchar para que entendiera lo que es el blues, a la vez que le explicaba sus orígenes y los sentimientos que contiene. Se ha quedado asombrado por la voz de Etta, hasta el punto de que pensaba que era una voz masculina. He buscado unas fotos de Etta en internet para que la viese y me ha hecho ponerle más temas. Creo que hemos ganado otro socio para el blues.
(13:38 horas) Por culpa de Edgar Lee Masters retomo la lectura abandonada del «Paraíso perdido» de John Milton, un libro que se me hizo difícil en su día por su mirada puritana y su fijación religiosa, pero que hoy, al hilo de la lectura del poema de Edgar, toma una dimensión distinta para mí. Y leo a Milton desde la óptica de Dryden, que ubica a Satán como el héroe fundamental de esta épica moral, un Satán curioso y escéptico que toma las riendas de su infierno para no vivir la alienación de un paraíso hecho por otros, un satán absolutamente existencialista que se acerca mucho a lo que yo entiendo como un hombre hecho y deshecho en la individualidad y para la individualidad –que vuelvo a reconocer como uno de los valores más interesantes de nuestro tiempo, sin que se confunda esa individualidad con la de los contravalores conservadores, que yo hablo de otra cosa más intensa y más llena de verdad, de una individualidad de crecimiento interior, que no de aislamiento, que sabe volcarse hacia afuera, propiciando la puesta en valor de los derechos individuales sobre los colectivos que desprecian a los individuos que no están en los percentiles establecidos para el funcionamiento social prediseñado–. Y a medida que avanzo en el «libro VI» descubro a un Milton con un pensamiento revolucionario y moderno que averigua con lucidez –escondiéndolo todo detrás de un jodido sermón religioso– los pasos de futuro del individuo occidental y su realidad vital, ofreciendo un solucionario hecho de preguntas trascendentes y de respuestas muy inteligentes.
Lo que más me jode es el juego que hace críptico –para mí– en muchos momentos este poema épico –y tedioso de lectura–, pero quizás ahí radique su mayor valor, en esa lucha de querer decir sin atreverse a descreer o sin osar descreer.
(17:40 horas) Estamos viviendo un tiempo en el que lo importante no es «decir algo», sino «decir» simplemente, con esa emergencia de la velocidad del paso que se va y, por supuesto, sin detenerse en la «argumentación» –que requiere demasiado esfuerzo– y centrándolo todo en la «persuasión». Y no es que exista un temor especial a la razón y a su proceso, como ha sucedido en otras etapas de la Humanidad, sino que la velocidad mediática nos presiona de tal forma, que no tenemos oportunidad para el reposo de una reflexión bien medida y trazada con el compás del mejor aprendizaje. Todo tiene que ser al instante, inmediato; y de ahí el triunfo de una clase excesivamente prosaica, pero muy hábil en el arte de la «persuasión», una clase con un alto grado de instinto para la propaganda que marca los caminos fáciles y trillados del pensamiento de masas. Mensajes de fuerte impacto nos rodean allá donde miremos u oigamos, hasta el punto de que hemos entrado en un proceso en el que aceptamos sin discusión que la verdad es el mensaje y no su valoración crítica. Verdades enlatadas que nos diseñan un mundo fácil de comprender en el que asumimos con alegría que es mejor que otros piensen, procesen y decidan por nosotros, siempre que no dejen de bombardearnos con esos mensajes que actúan como un placebo de la razón y nos adormecen agrupándonos en una corriente de opinión y consumo muy útil para quien la maneja... Por ello mi defensa a muerte de la lucha por la individualidad como cuasiutopía revolucionaria contra la subcultura de masas y el dirigismo capitalista. Y para ello no sería nada malo empezar a enseñar en las escuelas el valor de los sentimientos en vez de la historia de Roma, los procesos lógicos en vez de la tabla de multiplicar o el valor de la crítica y la autocrítica en vez de la Constitución Española. Con una buena formación en sentimientos, lógica y crítica/autocrítica, cualquier adolescente tendría una magnífica defensa contra el bombardeo mediático capitalista de las ideas/trampa elaboradas y podría fomentarse una opción de futuro distinta y esperanzadora desde el mejor desarrollo de la individualidad y para la deconstrucción pacífica del sistema mordaza en el que estamos metidos hasta las nalgas.
Sé que el bueno de Antonio G. me rebatirá con argumentos bien trabados, como siempre –perdona, Antonio, que me dirija a ti, pero me resulta más fácil escribir imaginándote enfrente que moverme en un espacio/tiempo sin marco ni cristal–, y que argumentará, también como siempre, que su isla en un periódico provincial de nuevo corte ultraconservador puede servir como una pequeña tabla de salvación o como una ventana abierta hacia el futuro desde lo profundo de la cueva, que mantener un resquicio para la luz es absolutamente necesario... pero yo veo que ese intentar arder con la colectividad desde el territorio enemigo es absolutamente útil para el sistema de poderes, porque se le dan argumentos para hacer bandera de su falsa tolerancia y hasta valor para justificar su existencia. Y presumo que a este enemigo es imposible ganarle desde dentro, y menos con propuestas colectivas de oposición, pues forma un sistema que se retroalimenta a la vez que deglute cualquier oposición conocida de antemano y bien patentizada. Y quizás me equivoque, Antonio, pero alumbro desde hace unos años un concepto de individualidad comprometida –me preguntarás «¿con qué, con quién...?, que te conozco– que sí puede hacerle daño al sistema. Si, por ejemplo, enseñas a tus alumnos –me consta que lo intentas con empecinamiento y no sé si con éxito– a crecer de forma individual como meta más importante, a brillar en el razonamiento y a compartir con emoción la felicidad de sus conclusiones, acabarán por sumar una oposición real al sistema difícilmente alienable.
Me resulta complicado explicarme con claridad en este tema, pues siempre me ha costado mucho enderezar con éxito mis proposiciones en el papel, pero tengo muy claro el concepto y sus claves, hasta el punto de que llevo practicando con mi individualidad de unos años a esta parte obteniendo algunos resultados notables en lo cercano y, por qué no decirlo, con muchos fracasos que siempre han tenido que ver con variables exteriores.
También conozco el peligro –los múltiples peligros– de la individualidad, sobre todo la ferocidad con la que actúa hacia «el otro» cuando crea interferencias en el sistema, la caída en redes minoritarias de un confundido corte anarquista o el egocentrismo enfermizo, entre otros muchos peligros, pero aún así creo que merece la pena bucear por este camino en temas tan apasionantes como la creación, la formación o la desprogramación para edificar unos cimientos nuevos que superen al peligroso dirigismo mediático y social. Muchas buenas células madre capaces de enfrentarse contra un tejido enfermo que amenaza metástasis y destrucción.
Aún podemos aprender mucho de la biología y de la bioquímica para extraer conclusiones de corte etológico y de conducta.
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