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26 de enero

Anoto de los días pasados el contacto con Ahmed (Óscar para los colegas españoles), un egipcio inteligente y muy vital que ha llegado hasta Béjar de la mano de Joselín para impartir –es la hostia– un curso de danza del vientre en su gimnasio. Ahmed habla perfectamente castellano, ha estudiado Filología española en Rabat y está escribiendo un libro sobre la historia de Egipto basándose en una conversación con el Nilo. Me ha caído muy bien el tipo y espero que crezca la amistad. También dejo apunte de la primera faena de Youssouph, que ayer perdió el autobús de Salamanca a Béjar y me tocó viajar con Antonio G. a eso de las once de la noche para traerle hasta casa sano y salvo (mi rey africano aún no ha aprendido a moverse en la selva occidental). (21:27 horas) Quizás todo radique en los índices de satisfacción en los que nos movemos durante nuestro paso por la cosa vital. Satisfacción por la resolución de problemas y desesperación por el alto índice de fracasos a los que nos vemos sometidos junto a cada paso dado. Si a esto le sumamos el shock que supone la gran velocidad de reacción de los demás y, cómo no, del medio artificial en el que discurrimos –nuestra sociedad juega cada día más con el valor de lo instantáneo–, el éxito en los asutos más triviales resulta poco menos que una labor de titanes... y de un alto índice de miembros de la sociedad insatisfechos nace esta jodida sensación de fracaso que lo asola todo. La única solución que se me ocurre radica en el valor «tiempo»: darse un respiro para plantear los problemas y elucubrar desde la razón –no desde el instinto, y sé que con estas palabras entro en contradicción con otras entradas ya lejanas de este diario– para enfocar perfectamente las distintas soluciones posibles. Y no sirve la falsa satisfacción de buscar el olvido como bálsamo y, así, evitar la insatisfacción. El crecimiento personal radica fundamentalmente en la pelea por obtener un solucionario, aunque no sea el correcto. (22:40 horas) Y luego está el tema de las contradicciones –sean antagónicas o no– y lo que conllevan de frustración. A mí me encanta encontrar en ellas su profundo componente creador para que me ayude a pasar mejor el trago, aunque intento siempre no traspasar los límites que llevan al deshonor por la desvergüenza del interés (un importante ejemplo cercano podría mencionarse, aunque no lo haré, pues tal mención me podría traer algún desarreglo que ahora no podría soportar). Resumiendo: me encanta la contradicción por lo que contiene de falibilidad en la dimensión humana, pero estimo que existen límites que no deben traspasarse jamás, y menos por el uso consciente de la contradicción en interés propio. Creo que queda claro. En todo caso, ser consciente de las propias contradicciones, asumirlas y someterlas a un proceso autocrítico es un fuerte componente de crecimiento personal; y también valorar el peligro y saber correrlo. A veces me espanta leer mis escritos de hace unos años y ver que estoy en el punto opuesto de pensamiento, pero después caigo en la cuenta de que la relectura crítica me sirve muchísimo y centra mi línea de pensamiento mientras busco la lógica de esa evolución, dándome cuenta de que el «ahora» está conformado por un proceso lógico de acierto/error que va reformateando mi criterio y, cómo no, mi opinión. Y lo que en principio me frustra, me hace crecer a medio plazo en el nivel de mis convicciones.

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