27 de enero
La serenidad como territorio del hombre amable o como solución al caos exterior. Y el frío cae esta noche como espadas para que me arrime a la estufa casi con amor.
Encuentro en internet un texto de Jacques Maritain –del que no había oído ni leído nada hasta la fecha, y tampoco creo que vuelva a oírlo ni a leerlo– en el que determina, hablando de la poesía, que «el arte comienza con la inteligencia y la voluntad de elección», y no estoy de acuerdo al completo, pues existe una parte de intuición –vamos a calificarla «salvífica»– que poco tiene que ver con la inteligencia, ya que proviene del campo de lo instintivo y que, generalmente, es el aspecto que salva a un poema o a un cuadro aportándoles el calificativo de «genial». Prefiero quedarme en que el arte –la poesía– comienza con un temblor, sigue como un hambre de libertad, se alimenta de la impudicia propia, hurga en la esencia de las cosas y te convierte en un amante abstracto de lo concreto y viceversa... y de todo ello nace un sentimiento tan intransferible como la muerte, con la contradictoria posibilidad de ser traspasado al otro. Algo así como la eternidad del instante.
Zarandajas, en todo caso, esto de intentar entender el proceso creativo y perderse el gozo de la creación en el intento... pero zarandajas que me interesan un montón –quizás porque soy un imbécil y, en mi cortedad, no atino a encontrar los momentos creativos con la vehemencia requerida–. En fin, que debiera dedicarme a arder de una puñetera vez.
Vamos, que le diría al tal Maritain que el arte comienza con un temblor y una decidida voluntad de erección.
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