28 de enero
La autodestrucción es a veces un monstruo bello, sobre todo si se produce en un ser brillante y lúcido, una suerte de apoptosis que tiene mucho más que ver con el arte que con la desaparición. De ahí mi interés constante por conocer los procesos de degradación de los poetas suicidas. La muerte como arte máximo para que ésta no actúe como final, sino como principio creativo de alta intensidad.
Hace poco escuché que si no puedes ser un genio es mejor no existir, y se lo decía un padre a su hijo... pero cómo conocer la existencia y la dimensión de la propia genialidad, si tal concepto lo aporta siempre la mirada del otro. Y creo que no consiste el asunto en la acumulación de conocimientos, ni en la memoria brillante, ni en la ocurrencia, ni en la sorpresa... que consiste más bien en conseguir una línea de opinión admirada hacia una forma original de resolver. Se puede ser genial por obra y, fundamentalmente, por exposición inexperada de la realidad. No tanto por el proceso de búsqueda, sino por la persuasión.
(13:33 horas) Llaneza y simplicidad son dos cualidades que encajan perfectamente en el perfil de un poeta dominador del «arte» de la escritura, cualidades que, por otra parte, son indicativo de claridad en las ideas y de neta calidad en lo que se quiere extender al lector. El poeta difícil –el no dominador del «arte» de la escritura– produce con mucha frecuencia en un estilo recargado y oscuro que le sirve para esconder su ignorancia y para intentar encontrarse con algún hallazgo que le salve del fracaso.
Yo me confieso en una lucha constante y «vana» (de vanidad y de banalidad) por conseguir vibrar en la claridad de ideas y en la calidad del mensaje, y confieso un miedo terrible a caer en las redes de la dificultad y a sentir el fracaso penetrándome con su componente de final vacío. Quizás en esta cuerda es donde tiembla la explicación que le debo a Antonio G. Turrión sobre mi pavor a reconocer la obra «Versos giróvagos» como mía, pues la entiendo como el gran fracaso desde el que comienzo a entender un poco la forma en la debo centrar mi expresión. Y no sé si, después de tantos años sin respuesta, la que ahora acabo de expresar es la respuesta correcta, pero siento cómo ese poemario me avergüenza cada día y cada noche, como se conforma en mi pecado mayor –y original– y cómo modula un punto de partida que nadie quisiera para sí.
Y es que «Versos giróvagos» supone la negación de mi mundo expresivo aún antes de que asomase; un poemario en el que fracasa el poeta, el hombre y hasta la vergüenza. Sí acepto que su publicación me ha servido para fijar mi meta creativa en el punto más opuesto –que aún no sé si es el más adecuado– y que me ha llevado a producir una crisis interior de varios años que aún no soy capaz de resolver con garantía y seguridad.
La voz sale aún nadada en la duda y en la inseguridad y, a pesar de que intento dar la sensación de lo contrario, no soy capaz de aportarle firmeza a ninguno de mis versos. Y todo por culpa de aquellos terribles «Versos giróvagos», es decir, por mi culpa.
(17:23 horas) Acabo de tomarme un cafetín con Alberto Hernández y me encienden las ganas de que la Dra. Carmen González-Borrás logre empujarle en lo mediático hasta el lugar artístico que ya contiene su obra. Lo conseguirá. Estoy seguro.
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