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11 de febrero

Días de tarea constante y líos, con viaje a Madrid para recuperar a Jesusito Márquez en un concierto/recital compartido, inolvidable y emotivo en Libertad 8 –en el que participó Laura Granados con su increíble chorro de voz y una sensibilidad de morirse–, con barullos de imprenta nueva y milongas de imprenta vieja. Días sin escribir, pero viviendo junto a mi gente más querida. Días de Malik empezando a vivir de nuevo gracias a su alta hospitalaria y al buen rollo de toda la gente que le ha atendido en el hospital de Los Montalvos, días de Youssouph asentándose en su nueva condición de ciudadano digno, días de Antonio feliz, de Juanito en mil rollos, de Antoñito Orihuela desconvaleciendo cabreado por un tal Merino que no sabe lo que escribe... Días sin vino y sin rosas, pero con agua fresca y un poquito de verdura... Y días de hijos creciendo entre salvajes y deliciosos, y de «iPod», y de «iTunes», y de todo por/para nada/lanada. También con restos de naufragios que son esperanza texturada en una superficie Alberto Hernández que dice sin decir y desenvuelve. (23:07 horas) Sorpresa a las ocho con visita de Gerardo y Elena, mis amigos de siempre, el círculo cerrado que se empeña en ser sólo curva, pero es así la vida, coño, con problemas de hijos adolescentes, de otros hijos intentando asomar y de una especie de azufre que consigue que nada colme. En fin, unos cigarros, una pipa de agua compartida, unas copas, risas, conversación y afecto a chorros fundido con la constante decepción que es ya norma a esta jodida altura de nuestras vidas. Cómo me gustaría volver a arder de aquel deseo adolescente que nos llevaba a reír y a llorar juntos. Miro a Elena, que está preciosa, y me vuelvo atrás como sin querer para buscarla divertida paseando del brazo de Gerardo por el paraje de Las Batuecas en pantalón corto, mientras mi Ángeles retaba al sol con una pamela enorme... Han venido a traerme ropa para Malik –igual que lo hizo Antonio G. al principio de la tarde– con esa cosa solidaria que nos hace sentirnos humanos por un ratito porque en realidad lo somos. Miro al frente y soy sólo mi pasado. (23:45 horas) Acabo de leer «El don de la ignorancia», de José Corredor-Matheos, y decido que me gusta porque me habla de cosas sencillas y las hace trascendentes, de sentimientos complejos y consigue que se haga fácil sentirlos y comprenderlo... poesía/pavesa para un Premio Nacional de Poesía que no pesa, pero importa. Gracias a Antoñito G. por el préstamo. Buscaré en esa levedad mi propio peso.

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