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12 de febrero

Siempre me ha gustado deleitarme en la impostura y quizás por ello escribo. Y el resultado es que mi realidad suele emanar de la propia impostura: soy quien recreo gracias a esa membrana que me permite extraer todo lo que me conviene y utilizarlo, me voy transfigurando en una evolución intuitiva y aprendo a mimetizarme según me convenga. Lo peor es que a veces termino «escribiendo como...» en vez de «escribir de...», pero no me importa demasiado, pues todo resulta útil en el proceso de «hacerme», desde el éxito sonado hasta el fracaso más oscuro. Y creo que mientras no me falte ese deleite, todo ira por el camino correcto y mi máscara irá tomando posiciones sobre la realidad hasta que logre transformarla. Así, la idea me llevará por la palabra a la huida necesaria para poder soportarme. En fin, todo resulta al cabo un juego con el que pasar sin detenerme demasiado en lo realmente importante, un juego peligroso al que se juega solo, absolutamente solo, con la consecuencia segura de ganar y perder sin hacerme sangre. Luego están los demás, la máquina generadora de opinión, el objeto de mi impostura y, por tanto, el detonante de mi diletancia –que diletante es el que obtiene deleite–: un grupo que puede ser pequeño o enorme en función de como se mediatice la farsa. Y a los demás se les puede influir con decisión o pasar de ellos y dejar que todo corra a su libertad. Yo encuentro más dignidad en la mediatización involuntaria o en el silencio que en la disposición a dejarse comprar y vender –todo ello a pesar de esa cosa particular del engolamiento por los laureles, algo que también me toca, pero con una ética, eh, con una ética que me permita llegar al regodeo sobre mí mismo y a reírme a carcajadas de los demás cuando me plazca–. Y esa ética no consiste ni más ni menos que en ser sincero conmigo mismo y con quien me apetezca, gritar donde me dé la gana mi impostura y que se entienda que uno vive entre fieras y debe actuar a veces con los mismos afanes.

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