05 de marzo
Vuelve el día a saber del frío y una nieve endurecida por la helada no me ha permitido venir en coche hasta mi estudio. Pongo a todo volumen el «Bartali» de Paolo Conte y leo la prensa en internet para cerciorarme de que todo sigue igual: el Barça arriba de la tabla, Irak con angina de pecho, Aznar jugando a ser el Hitler moderno –¿llegará un día, para nuestra tranquilidad, su suicidio definitivo?–, Bush jugando a fortalecer la capacidad atómica de la India mientras se le caen los temibles palos del sombrajo en Guantánamo, los radicales islámicos jurando por su Dios que no existe que van a cargarse el mundo occidental, Jiménez Losantos echando babas veredes pornocatólicas, Zapatero regalando zapatillas deportivas, ETA pesadita de cojones, las víctimas del terrorismo proPP bien arropaditas de marcha flamenca... y militar, Carrillo fumando, un par de mujeres asesinadas por sus parejas, el mogollón AVE de Esperanza Aguirre poniendo riqueza en casa y mierda en la sociedad peatona, mi Susanita en capilla primípara, Youssouph con catarro por pelarse al cero patatero y Malic perseverando en su ceguera coranita... Y ya he escuchado como cinco veces el «Bartali» y me paso a Rafael Catana con su «Blues del sur» y al delicioso «Giorgia» versionado por Skeeter Brandon, un anciano negrito y ciego con una fuerza musical Maciste... un algo así como estos versos gallegos de Luis Pimentel: «Unha canción que se cae e se levanta. / O polvo nas alas e tamén o ceo. / Unha canción tan lonxana e lene / como a sombra do aire sobre a herba. / Hasta min chega tan sólo en anacos; / mais eu enténdoa esaita i enteira, / como a sombra do aire sobre a herba.». Y me pongo a leer a Haroldo Conti hasta que me canse.
(12:23 horas) Mientras leo, caigo en la cuenta de que ya tengo una hija de dieciocho años, y recuerdo que hace unos días me dijo con cierto desencanto que no había escrito nada en este diario sobre esa circunstancia de edad que a ella tanto le supone y que a mí me deja más viejito que nunca. Y es que no sé qué escribir a no ser que relate todas mis dudas y mis fracasos como padre que tiene una hija que es capaz de ser el Cielo y el Infierno a la vez, que me gustaría que aprendiera a arropar a sus hermanos con generosidad y a entenderlos, que no sé averiguar hacia dónde terminarán yendo sus pasos, que lo es todo para mí y que me asombro cuando la veo mujer caminando por la calle junto a su pandilla y no puedo creerme que el tiempo haya pasado así, sin más y sin menos, sobre nosotros. Quizás debiera pedirle perdón por no haber sido un padre rígido y preocupado al milímetro en su formación integral, por no haber sido el ejemplo necesario –pero es que soy incapaz de ser ejemplo de nada–, por haberle influido de forma determinante en temas de política, sociedad, moral y religión... Pero creo que en la vida hay que dejar «cierta» mano abierta al crecimiento personal y que cada uno debe modelarse a su gusto para poder sentirse colmado alguna vez o para para ser responsable único de su propio fracaso. Dirigir en exceso siempre me ha parecido pernicioso, y no sé si me equivoco cuando lo único que intento es comportarme con naturalidad, como soy exactamente, con todas mis miserias y mis valores, para ser espejo en el que decidir mirarse o no, sin obligación alguna. También quiero decirle a mi hija que ha sabido sacarme lo mejor y lo peor que llevo dentro, que a veces ha hecho que me sienta muy bien y, otras veces, me ha hecho sentir un fracasado. Sé que es irrepetible, que tiene un corazón enorme, que encierra un misterio que nunca podré conocer, que sabe cómo debe ser una mujer de su tiempo –aunque a veces reniegue y se abandone con demasiada frecuencia–, que cuenta con los valores necesarios para crecer sola y que, cómo no, siempre estaré a su lado, aunque ella no lo desee, pues nos unen unos grilletes hechos de un amor que no sé explicar y que se me antoja inextinguible.
Ella mayor de edad y yo aún no he aprendido a crecer.
Aún nos queda tiempo para el fracaso, hija.
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