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25 de marzo

A veces es mejor quedarse en casa, aunque siempre hay quien te arregla una mala tarde. Ayer hice excursión a Salamanca junto a mi señora para asistir a la presentación de «Mis ciudades II: Salamanca», de José Luis García Rúa y con prólogo de Agustín García Calvo –una coedición entre el Ateneo Obrero de Gijón y mi lf ediciones–. Los dos viejitos me llamaron al sueño de tal manera, que aún hoy conservo bostezos guardados. Y lo peor de todo fue el maleducado narcisismo García Calvo, que se pasó por el forro a su amigo del alma (?) y nos dedicó una plática para no inteligentes –lo que se puede perder con los años, por dios–. Rúa estuvo mucho más digno, en autor pesadito, pero mucho más digno que el viejo pirata jubilado intentando jugar a la libertad con patrones obsoletos y patéticos. Y es que cuando uno ya no es ni su sombra... bah, voy a dejar las palabras para que el postfierafilósofo se caiga por su peso. Menos mal que el «+» lo pusieron el colega Fernando R. de la Flor, Fabio y la niña Gamoneda, que estaban allí para poner afecto y cercanía. La tarde se saldó con tres libros vendidos casi por caridad, veintitantos ejemplares regalados y tres hurtos para el placer morfeístico de los cacos más imbéciles de Helmántica. Vamos, que hice un pan como unas hostias –viaje incluido y merienda en pan’s y compañía–. Un pan como unas hostias, como suena. Y ruego que ese jodido Dios que no existirá nunca me asista y me haga ver con claridad meridiana cuándo debo retirarme de decir –si es que no debiera haberlo hecho ya–, que es mejor el silencio que el brillante patetismo de las canas. Lo sentí, y mucho, por mi señora, la pobre. (17:42 horas) En el fondo –…y en la forma– siempre he querido ser un seductor, y como nunca he aprendido a mantener la mirada con arrogancia o a sobrepasar los límites del tacto con garantía de victoria, pues me he amarrado a las palabras hasta llegar a esta inutilidad que me hace incapaz de convencer siquiera a un periódico de provincias para que acepte mis artículos «seductores» y me pague por ellos. Y todo ha terminado en un juego de autoseducción: escribo, leo mis cosas y me autoconvenzo de su valor y de mi mala suerte. Al fin y al cabo, España está llena de malísimos seductores que viven muy bien de su farsa y no se bajan del machito. ¿Por qué a mí no me suceden esas cosas? En fin, que soy una pena negra.

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