26 de marzo
Vengo de minimanifestarme en la plaza de La Corredera –la de España– contra la guerra de Irak, y lo he hecho junto a unos gachupines estupendos que aún mantienen viva la esperanza de cambiar el mundo. Lo peor es que si no le ponen calidad a su aprendizaje, mal van a poder tirar adelante con lo que se nos viene, y no encuentro yo entre ellos demasiada disposición a formarse con seriedad, aunque sí un alto espíritu de fiesta mezclado con cierta sensibilidad. Esperemos que no se desinflen con esas historias de paro, alcohol y arrebato consumista. Mi hija también estaba.
(18:03 horas) Giacomo Leopardi justificaba el narcisismo de los jóvenes como cierta necesidad de autoafirmación y demandaba de la sociedad adulta el que los educase en dejar de hablar de sí mismos para hablar de otras cosas, pero no medía el poeta que la sociedad adulta es mucho más narcisista que los jóvenes en su conjunto y que, quizás, ese hablar de sí mismos constantemente es un marbete de educación y no de imberbe juventud, y que el joven se alumbra en grupos tomando utopías como forma de vida y creyendo a pies juntillas en que los cambios radicales son posibles. Por ello, quizás también, la mejor forma de actuar con ellos es fomentar el que desarrollen su ímpetu y posibilitar que vislumbren caminos nuevos en los que moverse para darle un giro al mundo. Y es que la sociedad adulta es endogámica, conservadora y represora, además de estúpidamente narcisista. Intervenir en un ideario joven para ponerlo a los pies de los caballos es mucho peor que dejar que todo siga su curso loco o cuerdo.
(19:42 horas) Malick me acaba de enseñar a escribir bien su nombre y el jodío se ríe, porque se ríe siempre aunque no entienda lo que le digo.
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