15 de mayo
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«Si el tubo catódico tiene vida, aún podemos salvar su televisor», son las palabras del técnico de Loewe que ha venido hasta mi casa para calibrar mi pequeño desastre y joderme la idea de pillar una tele planita de plasma a cuenta del seguro que vengo pagando religiosamente desde hace millones de años luz sin sacarle beneficio alguno. En fin, no soy un hombre de suerte material.
El día, en todo caso, ha venido cargado de proyectos nuevos, de citas, de reencuentros y de posibilidades. Sergio Gaspar me ha llamado para indicarme que me darán un toque desde «El Cultural» de «El Mundo» para pedirme una foto que adjuntar a una reseña de mi nuevo poemario –Dios nos coja confesados–, Antoñito Orihuela me ha confirmado que nos veremos en la feria del libro de Mérida, Santi G. Valverde me ha llamado para llenarme de afecto y caricias auditivas, Manolo –el number one de Morille– me ha invitado a participar en unas joranadas internacionales sobre Literatura en Portugal, Fernandito R. de la Flor me ha avanzado que estaré en el homenaje que la Diputación de Salamanca dispensará a Aníbal Núñez, Ignacio Sanz me ha invitado a realizar una lectura poética en Ávila y Paolo Tanganelli me ha propuesto una selección seria de poetas españoles para publicar en «Ilfilorosso» –una hermosa revista literaria calabresa– en edición bilingüe... ¿qué más puedo pedir?
(21:56 horas) No sé si la poesía en sí es capaz de justificar mi enfermiza tristeza o si soy un triste por arroparme con la poesía para quitarme el frío que son los demás. El caso es que últimamente busco la escritura como buscando soledad, no intendo arder en ella, sino esconderme en ella. Y siento un raro respeto hacia mí mismo y hacia esta opción que cada día se hace más fuerte en mí. Y no sé si es que los otros se van conformando como un infierno terrible o es que me he empeñado en encontrar un paraíso íntimo y perdido en el que acabar. Y soy capaz de hacer un drama por la forma de mi último poema o bailar a solas y a brincos por un hallazgo pequeñito. cada día soy más consciente de que sólo me importo a mí mismo y de que de ese ensimismamiento debo sacar un jugo delicioso.
¿Para qué escribo? Quizás para desescribirme... o para sobrellevarme. Soy un impotente literario.... y hasta quizás literal, y esa impotencia me encierra , me entierra y no permite que me vacíe.
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