luis felipe comendador: Ir a la página principal

Ver entradas del diario por fechas
23/07/2006
08/07/2006
07/07/2006
28/06/2006
27/06/2006
26/06/2006
25/06/2006
25/06/2006
24/06/2006
22/06/2006
21/06/2006
Ver fechas anteriores

07 de julio

••••• NUEVO FORMATO DE «DIARIO DE UN SAVONAROLA» EN http://diariodeunsavonarola.blogspot.com ••••• ••••• 29 de junio de 2006 ••••• Otra vez el correo cargado de buenas sorpresas: Un trabajo precioso de mi amigo galo Marceau Vasseur, que en compañía de Miguel Ángel Real ha realizado un trabajo en Francés que bajo el título «Poesie espagnole comtemporaine: des Novisimos a la poesie de l’Experience», recoge a una serie curiosa de poetas españoles –entre los que me encuentro– y aporta algo de obra de cada uno en edición bilingüe –gracias, amigo Marceau por el afecto. Por otro lado, llega nuevo número de «Milenrama», el diez, con interesantísimas propuestas poéticas de Antonio Colinas –«¿Conocéis el lugar donde van a morir / las arias de Händel? .... Es el lugar donde la luz / llora luz...»–, Anna Ajmátova traducida por Dolores Corzo Moreno, mi Adita Salas –«Han cambiado / las cosas. No hace ruido la noche...»–, Jenaro Talens, Sergiy Zadan o Joaquinito Pérez Azaústre, entre otros. Siempre limpia y cuidada la propuesta «Milenrama», y yo agradecidísimo de ser receptor puntual de su sensibilidad y su poesía. (16:25 horas) Decía Nietzsche que «Por lo que más se nos castiga es por nuestras virtudes», y decía magníficamente. Si tu virtud es decir lo que sientes y lo que piensas, te machacarán por ello; si tu virtud es la humildad de reconocer tus errores, harán herida de los mismos hasta que no puedan crecerle hermosas postillas; si eres vivamente inteligente y tienes reacciones rápidas y brillantes, te harán silencio; si sabes cómo alimentar al mundo, te matarán de hambre; si triunfas únicamente por tus méritos, conseguirán convencer al mundo de que los méritos son de otros... Y en el entretanto, a callar y a aguantar la expesura política (antaño la política era el reflejo vivo de la moral, y ahora se ha convertido en su contrario), a tolerar que quien dice que te premia y trabaja en tu beneficio pueda arrastrarte, a beber el acíbar que contiene el cántaro de los poderosos para intentar «ser» y «estar» –pero nunca dignamente–. Se elogian como nunca los defectos, se solapan los fallos con sonrisas, se da cobertura a la debilidad subsidiándola y poniendo difícil el camino de los tipos preclaros y bien formados, se da la calidad de nobleza a los más grandes tahúres de la Historia, se ensalza al ladrón y al proxeneta, al asesino frío y al genocida... y se hunde al sincero, al que se hace preguntas cada amanecer, al que no pide más que justicia... El mundo es un cadáver infecto sin posibilidad de resurrección ni incluso de muerte sobre la muerte. ••••• 30 de junio de 2006 ••••• Se me echan encima un montón de salidas y dedico mi tiempo a rematar ponencias, reapasar poemarios y ordenar un poco mi cabeza. El lunes marcho con Juanito para Guarda para participar en un curso de verano del Centro de Estudios Ibéricos bajo el tema «Cultura, coperação e desenvolvimento». He preparado una ponencia frugal –es verano– y algo picante en la que intento desnudar un poco el cuerpo de las subvenciones a la vez que cuento nuestra experiencia en los márgenes institucionales. No sé qué tipo de alumnado asistirá y, por tanto, no puedo imaginar las reacciones, porque he sido duro y claro en mis planteamientos y ello puede producir algún roce o algún malestar. Me encanta, por otra parte, volver a viajar con Juanito, él y yo solos, y recuperar el hilo de nuestras cosas durante el viaje. (12:01 horas) Ya son mil intentos de meterme otra vez en una historia larga, pero fallo en la constancia y en la voluntad, debe ser algo genético que no puedo evitar. Sin embargo, tengo la historia en los labios, en las manos, en el centro del estómago, y quiere salir como un relato extenso e interminable... Terminará siendo un poema breve, que me conozco. Sin más, he vuelto a mis poemas del 90, a releerlos con un hambre especial por reconocerme en ellos. He crecido desde entonces, sé que he mejorado, pero también sé que ahora me falta aquella frescura y aquellas enormes ganas de decir que eran una constante diaria. Ahora fuerzo más las situaciones de escritura, y el hábito de trabajar dos horas diarias sobre el papel en blanco hace que todo sea de otra manera, como más buscado –rebuscado–. Mi empeño es decir más y con más intensidad en menos versos, y quizás me equivoco, pues lo mismo necesito poemas larguísimos que me sanen de las ganas de un relato y que me permitan explayarme en las ideas a mostrar. La poesía no debe ser resumen, nunca, porque resumir es perder el cuerpo de los sentimientos. Mi problema es que no sé medir muy bien dónde está el límite del entendimiento del otro, circunstancia que se mezcla constantemente con una necesidad de quitar todo lo que sobra y adorna. En este aspecto admiro profundamente los trabajos de Ada Salas y de Belén Artuñedo, saben siempre qué es lo radical, lo intenso... y apartan enseguida lo superfluo que sólo sirve de adorno en el poema. Cuando he intentado hacer lo que ellas hacen perfectamente, termino con resultados prosaicos que no me dicen nada. ••••• 1 de agosto de 2006 ••••• Viaje familiar a Helmántica con objetivos lúdicos y consumistas –lo odio, pero en fin...–. Salí de casa medio mosqueado porque cuando fui a echar gasolina aproveché para recoger en Correos unos libros que le había pedido al amigo Norio. Los abrí hambriento. Aparecieron ante mis ojos «Las aventuras del valeroso soldado Schwejk», de Jaroslav Hasek –un libro al que le tenía unas ganas especiales, pues lo había leído en mis días universitarios gracias a un préstamo de biblioteca y mantengo un vivísimo y grato recuerdo de aquella lectura–; «La amada invencible (80 poemas incurables)», de Fernando Beltrán –del que ya tenía hambre de leer sus nuevas maravillas poéticas– y «La atalaya del primo», de E.T.A. Hoffmann, en edición de Héctor Canal y presentación molona de de «KRK tras 3 letras»... Lo dicho, fue ver los libros y llegar a casa, donde mis chavales ya la tenían montada con el rollo «díagransuperficie». Bajé la cabeza como humillando y a viajar con esa cosilla de que era el primer día que me jugaba los puntos de mi carnet de conductor. Accidente en una cuesta de los accesos a Guijuelo y madre acojonadita –«no corras, mi niño... fíjate, pobrecillo... ¿habrá muerto?»–, los niños de «gameboy» y «PSP» y la joven con un «¿qué me compro?» de setenta kilómetros. La primera etapa fue un monográfico «centrocomercialtormes» con comida basura incluida y regalos de vasos Coke y un videojuego por menú infantil... Tejanos y camiseta para Felipe, videojuegos para Guille –por sacar el curso con brillo–, calzoncillos para el cabeza –que suscribe–, cosas para la madre, camisetas molonas para Youssouph y Malick y nada para la joven, que no se decidía... Y a eso de las tres para la Salamanca histórico/artística... Helados, horchatas, granizadas, café en terraza y acuerdo de hacer dos grupos de trabajo: las mujeres a comprar y los hombres a dar de comer gusanitos a los patos de La Alamedilla –mi estrategia era buena, pues a los críos podría engañarlos para entrar a ver la exposición de la Plaza de San Boal sobre «El retrato español en el Prado».... ¡Mis cojones!–. Llevé a los críos por la placita de camino a La Alamedilla y sin querer, los metí en la exposición con la trampa de que allí descansaríamos fresquitos unos minutos –el sol era de castigo, es la verdad–, pues nada más ubicarnos en el umbral de ese portón San Boal, Felipe, que acababa de comerse un helado y llevaba las manos pegajosas, se puso a hacerle caricias a una estatua antigua que servía de decoración fija del recinto... A tomar por el culo la exposición de la ida –la de la vuelta, también, pues tenía previsto meterlos en el Banco de España para degustar una exposición sobre el cabaret que se presenta allí en estos días... ¡Mierdaaaaa!... Al final me harté de darle de comer gusanitos a palomas, gallos extraños, gorriones, gansos, patos y hasta a un jodido cisne negro.... y más helados, y más refrescos, y «cómprame un juguete», y «¿cuándo nos vamos?».... ¡¡¡¡Ya, coño, nos vamos ya!!!! Hasta los mismísimos cojones, pero feliz de haber cumplido mi castigo familiar del mes. «No nos une el amor, sino el espanto / será por eso que la quiero tanto...» ••••• 4 de agosto de 2006 ••••• Ya en casa, después del rápido periplo portugués, persiste aún el dolor de riñones con el que partí de Béjar, pero con felicidad por un viaje estupendo con Juanito lleno de buenos ratos. En la ida, como siempre, el olfato de Juanito nos llevó a coincidir en un bar de frontera con la expedición de estudiantes salmantinos encabezada por el bueno de Manuel Ambrosio, a la sazón director del curso de verano al que íbamos a asistir. Café con charla y a continuar viaje hasta Guarda. Ya en Guarda, quedé vivamente impresionado por el crecimiento que ha tenido la ciudad desde mi última visita –puede hacer la friolera de 17 años–. Yo la esperaba en la línea de Béjar y me llevé una grata sorpresa –triste por lo que a Béjar se refiere–. Una brillante recuperación del casco antiguo, apuesta por la modernidad en sus polígonos industriales, mejoras muy bien adaptadas en sus calles, un comercio recoleto y pujante... vamos, que han sabido aprovechar muy bien el empujón europeo, cosa que en Béjar ha sucedido al contrario, con un urbanismo feroz, sin cuidar la imagen del casco antiguo de una forma decidida, con un comercio en franca decadencia y con la infraestructura industrial poco menos que destruida –a ver si aprendemos un poquito de los portugueses–. En la puerta del Ayuntamiento de Guarda me encontré con Jesús Málaga y su esposa. Nos saludamos y nos congratulamos por vernos igual que siempre, con las mismas ganas de hacer y deshacer y con muchos proyectos por delante... Saludos y presentaciones de rigor con la gente de Guarda y de la Universidad de Coimbra y derechos al tema central, el curso de verano organizado por la Universidad de Salamanca y el Centro de Estudios Ibéricos portugués... Acto de apertura del curso, presentaciones y conferencias con cierto trasunto tedioso –entre otras cosas porque eran en portugués y yo no entendía de la media la mitad–. Pasé el rato en un entresueño hasta que llegó la intervención de Jesús Málaga, que me gustó, entre otras cosas, porque Jesús resulta un magnífico orador. Jesús habló de su proyecto como alcalde de Salamanca –absolutamente brillante–, y me dejó un pensamiento que aún hoy ronda en mi cabeza, que no es otro que al proyectar una ciudad con brillantez, como lo hizo en su día Jesús, no tuvo en cuenta la resta que ello le supondría al resto de la provincia, creando así una capital de provincia muy pujante con un resto del territorio abandonado por el centralismo capitalino. Me hubiera gustado abrir un debate sobre este tema, pero la hora y mi cansancio me indicaron que no debía mover ni un pelo para que el final se precipitase en la comida necesaria. La comida estuvo estupenda –siempre valorando que en esto de las comidas aún le queda mucho por hacer a los amigos portugueses– y la conversación entre platos, muy interesante. Logramos sacar temas de importancia que nos interesaban, como el asunto legal de nuestros negritos, la próxima visita a Morille, nuestras actividades con jóvenes... y de propina, Manuel Ambrosio sacó para nuestro gozo el asunto del centro logístico de Castilla y León. Aparte de esas conversaciones tan importantes para nosotros, la comida dio para conocer un poco mejor a Jesús Málaga y a su esposa –dos cielos– y para sentir su proyecto político e ideológico como un proyecto de vida. Los postres.... de chuparse los dedos. Sin tiempo para descansar, pues las sesiones comenzaban –¡¡¡por Dios!!!– a las 2,30 p.m., aproveché para darme una ducha rápida en el hotel y unirme luego al sarao sin hacer mucho ruido. Llegué con algo de retraso, como se puede imaginar, y la conferencia de uno de los profesores de la Universidad de Coimbra ya había comenzado –mi lugar en la mesa estaba vacío y me dio algo de corte. Ruego que me perdonen por ello los organizadores, pero este bejarano necesita por norma hacer sus abluciones después de cada comida–. Esperé a que terminase la intervención del colega y me incorporé a la mesa justo cuando llegó mi turno de palabra. Comencé leyendo mi ponencia, pero enseguida me percaté de que aquello necesitaba cierta actividad –un tipo que se había dormido comenzó a roncar ante las sonrisas de los presentes– y me decidí por guardar los papeles e improvisar con un lenguaje cercano y con varios guiños a la grada. El cambio funcionó y me dio la agradable impresión de que el público agradeció mi decisión. Hablé, creo que divertí y no sé si fui capaz de enseñar algo –lo que puedo afirmar es que no fui tedioso. Terminada la jornada de tarde, hicimos un par de amigos portugueses y nos tomamos unas cervecitas junto a Manuel Ambrosio. Charleta distendida, algunas llamadas telefónicas y un paseote con Juanito por el casco antiguo de Guarda. Durante el paseo compré algunas antiguedades –todas modernistas– a muy buen precio: un llamador de puertas en bronce con una cabeza adolescente enmarcado en una orla de vegetal, un juego de pluma y secante en plata de los años 20, un catálogo delicioso de fotos de los mismos años que bajo el título de «Camposanto di Genova» presenta en con una conservación sobresaliente una serie de imágenes y textos muy destacables, y un libro de estilo poético de 1884 escrito en portugués... Otras cañas con queso y huevos rebozados, una Coca-cola con hamburguesa y reencuentro con Manuel Ambrosio. Manuel es un tipo extraordinario, generoso, creativo, lleno de amabilidad. Pasamos con él la tardenoche y cayeron vinos, copas y mucha conversación, lo que nos unió hasta el punto de las risas y la gratitud compartidas. Dormida, amencida, desayuno, despedida del personal y para casa por las carreteras serranas llenas de nuevos ricos que han sabido encontrar bienestar en el remanso natural de la Sierra de Francia (envidia me dan). ••••• 5 de agosto de 2006 ••••• Mi dolor de riñones se ha convertido definitivamente en una lumbalgia de caballo que me tiene más tieso que un torero, pero apenas siento el dolor, porque mi cabeza se va constantemente a la última imagen que tengo en la cabeza de Javier Carretero, un chico que fue compañero de mi hija en el cole desde bien chiquitos y que hoy se pelea con la muerte en un hospital de Salamanca por el absurdo de una portería de fútbol que le cayó encima con muy graves consecuencias. Le visualizo enseguida en una obra de teatro escolar haciendo el papel de un alcalde gruñón y divertidísimo, o riendo por la calle con sus amigos... sólo le recuerdo riendo y jugueteando, con una inmensa bondad infantil y una actividad propia de los chicos felices... y con estas cosas vuelvo siempre a la idea de Dios, a la idea del Dios injusto que no existe y que muchos se empecinan en mantener como opción de poder para sojuzgar a los más pobres tipos de la Tierra. Mis mejores deseos para Javier y su familia y la convicción de volverle a ver pronto por las calles de Béjar con su tropa de coleguillas haciéndole guiños a la vida. Suerte, chaval. (16:23 horas) No sentirme bien me hace estar más lúcido de lo normal, y últimamente la lucidez se transforma en temor, pero en un temor sobre las cosas, algo que nunca me ha gustado sentir. Tomo nota y busca un ratito de soledad mientras suenan las máquinas de la imprenta como un signo de patria pequeña y particular... si las máquinas suenan, todo marcha. (22:28 horas) Como poco, se me ocurriría pedir a los líderes mundiales, esos locos de atar, que trabajasen por hacer las guerras más humanizadas, sólo con heridos de levedad por uñeros –joder, un arma de destrucción masiva que provocase uñeros en toda la tropa enemiga–, por empachos o por rozaduras en codos y rodillas. Como mucho, se podría permitir atacar para producir panadizos en los dedos gordos de los pies o desatados ataques de lujuria –árabes enseñándole el rabo a los jodidos norteamericanos para matarlos de envidia y mujeres de California, como las nueces, en primera línea a pecho descubierto para mayor éxtasis de las tropas binladinas... ¿Es que los asesores de los reaganes busheros de turno no pueden llegar a esos estupendos niveles de imaginación? ¡Que los cambien, coño, que los cambien! ••••• 6 de agosto de 2006 ••••• El precio que se paga siempre por separarse de la norma es el aislamiento y la soledad, y esto sucede en cualquier estadio vital en el que nos centremos. En el mundo de la poesía también sucede, por supuesto. Son aceptados los poetas de la remembraza –porque juegan con el elogio–, los que con más o menos conocimiento hacen una poesía recurrente adornándola con algunas flores de modernidad, los que trabajan al dictado de los críticos poderosos y los que cultivan la amistad de los «capaces» –entiéndase en este término a los grandes editores–. Quien estudia, trabaja y experimenta sin pararse en un prediseño de consumo en su poesía, apenas tiene una tronera por la que asomar su nariz al mundo. Ahora habría que analizar si el aislamiento y la soledad actúan como castigo o son, paradójicamente, un regalo del cielo para los que no quieren pasar por los jodidos aros sociales. Yo estoy convencido de que son un regalo, pero son un regalo cuando caen sobre un espíritu fuerte que es capaz de soportar el silencio y la sensación de inexistencia literaria. Decir lo que quieres decir y hacerlo como te apetece, como te lo pide el cuerpo, sin tener que someterte a influencias o encajes sociales, sin tener que ser testado por esa censura soterrada y devoradora que encierra el consumismo... El problema surge cuando este tipo de escritor, de poeta, pertenece al gran grupo de los mediocres y se hace un mundo y una soledad para nada, o mejor/peor, un mundo y una soledad para el engreimiento vacuo. No hace mucho me contaba mi amigo Sergio cómo era la estrategia de agencias literarias como la de Carmen Balcells, e incidía en que muchas obras, con una alta calificación de los lectores profesionales de la agencia, no tenían salida porque no pasaban el tamiz de poder ser colocadas con éxito en grandes centros comerciales. La calidad, a lo que se ve, sólo interesa si va unida a las posibilidades comerciales y a las estrategias de mercado. Y ya no quedan Arguedas para darse fin un viernes cualquiera dejando las cosas hechas y un orden escrito para los días postreros; no quedan, porque no es tiempo de revoluciones ni de carencias ciertas –ya se encarga el sistema de armarnos espejismos para no verlas– con las que vivir de verdad y morir de convicción. Ser es una posibilidad inexistente o virtual para los hombres sedados en que nos han convertido. Antes se sufría y se escribía, y la escritura era látigo, detonante del estar. Ahora sólo se escribe por vanidad o por euros, por ocio o por snobismo... casi nunca por rabia o por necesidad. Y el escritor es un funcionario editorial con horas de entrada y salida, con fechas de cierre y galeradas, con número de páginas y cuerpos de letra cerrados, con temas recurrentes marcados por su jefe, con estilo de «libro de estilo» y con pagarés firmados a 23 plazos. Comenzar a escribir sólo lo propicia una firma contractual y unos tiempos de entrega –como las fases de las obras administrativas–... Ya no existen el desencanto, la desesperación, el desamor, la miseria del escritor... se ha sustituido todo por los estudios de mercado, el marqueting, la programación, los plazos... una pena, ¿no?

© 2002 LF ediciones. info@lfediciones.com
Todos los derechos reservados

luis felipe comendador web oficial del escritor español