23 de julio
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domingo, julio 23, 2006 ///
Guo Moruo ///
Ayer celebramos en familia el cumpleaños de Magdalena con cierto mal rollo de acabamiento. No estuvo la familia de María Adela, aunque ella se acercó unos minutos por la tarde para ver a su madre.
Magdalena pasó sobre el día sin enterarse de lo que vale un peine, empecinada en irse de allí y mirando al infinito con esa cara interrogativa que se le ha quedado desde que el alzheimer le ha atacado con dureza.
Del día, salvo una conversación con Antonio sobre el valor del receptor en literatura, las risas generales de los niños, la emoción de Nena cuando le cantábamos a su madre el «Cumpleaños feliz», un montón de fotos chulas con vocación de «quizás no haya más».
Y el resumen... pues una tristeza alegre por las faltas absurdas y una alegre tristeza por el tranquilo afecto de los que acudimos a celebrar la familia de una forma civil y ética.
(17:03 horas) El acabamiento lento de los padres tiene un no sé qué de jodida madurez que agota, ver cómo se destruye una persona a la que quieres y a la que admiras con aquella lentitud de los bueyes tan Llamazares, y cómo al lado se van dejando cosas importantes del ahora para no sentirse mal nunca por lo que se dejó de hacer.
Cuando se entra en esta dinámica, y se hace de comparsa, lo mejor es amar tranquilamente y esperar a que todo suceda en términos de inexorabilidad, guardarse las miserias en el bolsillo y aguantar los embites absurdos de la candidez junto a los de la mala hostia. Y es difícil en algunos momentos, muy difícil, pero absolutamente necesario para alcanzar cierta dimensión humana en esta cosa injusta y tan difícilmente valorable.
Una madre que olvida a sus hijos, a sus hermanos, a sus nietos... que ha desaprendido en cuatro días todo el proceso de los hombres y las cosas, de los nombres y los sentimientos... es un dolor terrible para los que asisten al proceso desde el afecto más íntimo. Y entonces te preguntas por el hijo de puta de Dios, porque en estas circunstancias y en otras tantas, la figura de Dios –para el que lo tenga como existencia máxima– es la de un hijo de la gran puta. Y Magdalena creía en Dios a pies juntillas por educación y, cómo no, por emparejamiento y roce; creía hasta el punto de que lo poco que recuerda en esa cabeza perdida son iconos religiosos a los que se aferra con candidez y dulzura.
Y Dios, ahora, son sus hijas haciendo de madres eternas, faltando de la cama cuando despiertas, dejando vacío su lugar en la mesa mientras comes, derramando lágrimas y echando fuerza ante la profundidad del respeto hacia un recuerdo que ya es sólo carne de absurdo, aguantando la presión de quienes las echamos de menos si hacer reproches y soportando el duro tirón de un físico que apenas funciona y de una mente que es ya sólo un soplo imperceptible.
Y el único perdón es el que yo pido desde lo más profundo de mis vísceras si es que alguna vez me desquicio y soy inoportuno sumando tensión donde no se necesita. Hago todo lo posible por llevarlo bien, intento comprender y analizar cada decisión y cada hecho que me afecta, muerdo mi lengua cada cinco segundos y apago mi rabia con sonrisas y besos... Hasta que ese Dios tan cabrón quiera, justo hasta que a él, el magnánimo (?), el justo (?), el sabio (?)... le salga de sus divinos cojones sorprendernos con otra de sus mágicas movidas.
Sólo sé decir que hoy amo profundamente a Mª Ángeles, quiero mucho a Nena y a Julia y adoro a Magdalena, sobre todo cuando consigo hacerla reír, bailar, cantar o enfadarse por un segundo tornándose en la mujer y saliendo por unos instantes de su cosificación dolorosa.
No sé decir más... o no quiero.
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miércoles, julio 19, 2006 ///
Ba Jin ///
Es curioso cómo vamos huyendo de nuestra independencia personal para buascar en los demás los apoyos para lo que consideramos nuestras carencias. Pasamos del hombre individual al colectivo con la estupendísima idea de buscar el beneficio de la fuerza común, y no nos damos cuenta de que en ese viaje hemos de pasar por la dureza de la sumisión al otro, a ese otro que tiene la capacidad de dominarnos precisamente porque le mostramos nuestra debilidad.
Toda solución posible contra este mal endémico pasa por trabajar en la autoafirmación y hacerse fuerte en ella. De aquí que me parezca muy interesante faltar de vez en cuando a las leyes que nos resulten absurdas por más que sean aceptadas por el común de la gente o porque estén creadas con parámetros de percentiles sociales.
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martes, julio 18, 2006 ///
Tu Fu
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«Dieciochodejulio». No me da la puñetera gana de olvidarme de esta fecha, coño, porque sigue siendo el símbolo (ahora en voz baja) de los perversos unidos bajo unas siglas tan poco acertadas como «PP» (Partido Popular). Me gustaría que el partido que giobierna actualmente nuestro país consiguiese una buena desaparición de ETA para poder ver con mis ojos cómo se troncha esa fiambrera atómica que es la unidad de la derecha/ultraderecha española.
Ya estoy viendo una guerra a muerte entre católicos radicales, ultraconservadores integristas, frentes diversos de mano tiesa y boina con borleta, caballeritos de Cristo Rey, racistas del pulcro sepulcro y otras lindezas ultrapolíticorreligiosas. Lo adivino en el horizonte como un sol tranquilo como adivino mi sonrisa para ese entonces.
No me da la puñetera gana de olvidarme de esta fecha porque no puedo olvidarme de mi abuelo Felipe, ni de mi abuela Antonia, ni de mi madre, ni de tantos olvidados que sufrieron los caprichos guerreros de tantos fascistas asesinos.
(21:12 horas) Todo lo fundamental ya estaba aquí cuando llegué, y aquí seguirá cuando me marche. Y no sé si me esperaban como soy o fui pura sorpresa, pero sé que saben que me iré y que algunos se alegran esperando y que al resto le resbala. A mí no me importa, pues sé que fui y soy, y sobrevivo en un seré que no es excitante, pero que me sirve. ¿Qué dejaré?...
(22:19 horas) Ayer, sin querer, escuché que alguien me llamaba «subnormal» sin darse cuenta de que la normalidad hace a los hombres anodinos. En fin, aguantar la normalidad de los demás todos los días hace que me sienta un subnormal infeliz y que en mi percepción de esa subnormalidad sea en el único lugar en el que encuentre un resquicio de luz.
Ser normal, como quien me tilda de minusválido psíquico, sería para mí bastante triste.
¡Aire!
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lunes, julio 17, 2006 ///
Taigui ///
Hace un calor Faulkner y me pican las canillas cuando pasa la media tarde. El cuerpo pide ducha y el alma miradas desde una sombra dulce, miradas lascivas sin otro fin que el de sentir cómo una estética corre por dentro. En días como éste me encanta escuchar la música de Jack Johnson e imaginarme el protagonista masculino de «La gata sobre el tejado de zinc caliente», con una copa en la mano y un conflicto sin resolver... Sin más, soy consciente de que ya sólo soy para la mirada y que con ella gozo y en ella me sublimo.
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domingo, julio 16, 2006 ///
Kaoru ///
Turismo cultural a todo trapo, reencuentro con colegas entrañables, estómago revuelto, hartura de coche y gasolina, razón para dormir y unos cigarros.
El jueves viajé a Segovia gracias a Juanito, pues mi Tacuma anda en trance de muerte por un no sé qué de su árbol de levas. Viaje de los de antes, charlando, imaginando proyectos tan cuerdos como locos, subiéndonos los grados de moral al lugar que se debe.
Segovia es deliciosa, un lujo que me llevo perdiendo desde hace la friolera de 36 años, que es justo el tiempo que hacía que no viajaba allí. Una ciudad de lumbre para respirar y transportarse, bien trazada y bien guardada en general –mejor que la Salamanca del zoquete Lanzarote–, respetando hasta las panzas de las viejas casas sometidas a la cirujía de lo nuevo.
Allí estaba Ignacio Sanz, con su cara de siempre, con su afecto de siempre, con esa voz hermosa y embrujatrice que podría llevar a la mujer más difícil hasta el catre más fiero –qué envidia de voz, Ignacio–. Estaba en su taller de cerámica, entre barros cocidos y sin cocer que se iban convirtiendo en palabras según pasaban los tragos. Ignacio es un tipo de pueblito pequeño y castellano que no encaja de forma alguna entre rotondas y avenidas, yo le siento entre el trigo restaurando la vida con palabras, con olor a cocido recién hecho y paseando entre matas de jara o tomillos salseros, buscando el eco en alguna barranca o bebiendo agua de un manantial perdido... Hablamos de poesía, de la poesía que a él le gusta y de la que a mí me pellizca; de poetas amigos y enemigos de otra cosa que no sea la poesía, de pasado y futuro, de razones y absurdos.
Me llevó hasta la casa museo de Antonio Machado y entre gatos cansados me enseñó cómo llueve, cómo se hace la paz, cómo se da un paseo sin saber de la prisa... Y allí pillé un buen lote de postales antiguas con mujeres leyendo –en la casa/museo hay una jugosa librería de viejo llena de «Ojos de Brujo»–. Y llovió hasta obligarnos a buscar un refugio donde leer mis versos –el sitio establecido era un raso con árboles que jugaba a ser patio–. Leí y gocé con un grupo de gente pequeño y muy hermoso.
Disfruté como un crío en Segovia, con Juanito e Ignacio, como cuando viajé con los padres salesianos en una de mis primeras salidas del hogar protector que tenían mis padres. Juro volver sin prisa.
Y el viernes a Morille, de ensalada PAN bien aliñada, con Fabio, Manuel Ambrosio en alcalde de los de verdad –uno de esos pocos con un proyecto hermoso atravesado en la cabeza y en las vísceras–, con Fernando R. de la Flor, con Antonio Gómez y la hermosa pareja Málaga –este tipo cada vez me cae mejor–, con Juan Luis Calbarro, Victorino y un montón de colegas nuevos y majetes.
El viaje lo hice con mi hija, con Abraham Gragera y con Youssouph. Fue hermoso, porque pillé el hilo de la conversación con mi Abraham, un hilo que dejamos desatado hace la friolera de tres años. Y vi a Abraham más maduro –me parecía imposible que un maduro sempiterno como él hubiera podido subir en su escala de madurez–, tan sensible como siempre y con su potencial creativo impecable.
Cayeron cañas, palabras, risas... leímos poesía a lo rural –con araña incluida en mi camiseta– y nos animamos a empezar un trabajo común para el que no nos hemos puesto ningún plazo –mal rollo– y hablamos de cómo hay que trazar la vida para esa nada que es ya. Fue delicioso.
Y el sábado, tormenta.
Vuelta al viaje hasta Morille –esta vez con Malick, con Juanito, Youssouph y Abraham– para un día mejor en todos los sentidos.
Abrió boca Kaoru con su acción artística «Tecnocharro», que había conseguido el premio ARCO en su última edición, una pasada en la que intervino el grupo folcklórico «El Castañar», de Béjar. Sobre una base de música «tecno», el grupo debía bailar con todos los pasos de baile tradicionales en la plaza mayor de Morille. Y así se hizo, hasta el punto de que se fue sumando personal y Youssouph hizo las delicias de los paisanos poniendo la nota étnica en aquella locura nipona –yo también salí a bailar un ratito.... de pena, claro–... Y solucionamos unos cuantos asuntos importantes para cada uno de nosotros. Comimos paella entre risas y en el receso siestero nos acercamos a ver la exposición del colega Jesús Portal. Chula la muestra y perfecto el lugar.
Allí me quedé con Jesús y con Victorino y se abrió el cielo... ¡¡¡Llovió a mares!!! Refugiados del agua, charlamos de técnicas pictóricas, de ganas de hacer, de miedos... y tengo que decir que ambos tipos me cayeron de puta madre; la sensibilidad de Jesús y la pasión de Victorino –que nos hizo mil fotos mientras charlábamos– fue lo más especial del día.
Luego, cafés, espera a que escampase en el bar de Morille, con sus goteras y todo, un poema para la blanca Sara, risas y viaje de vuelta a casa con despedida hermosa –por fin besé a Mamen Somar, un cielo de niña–. Había que recoger a Jesús Márquez, que llegaba a Béjar en bus para actuar en el camping de El Pinajarro.
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martes, julio 11, 2006 ///
SEPPUKU (hara-kiri)
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Otro día once que sumar a la mierda mundial. Bombay vuelve a recordarnos que habría que borrar la palabra «Dios» de todos los diccionarios para que desaparezcan los hombres terribles que lo adoran –léase «Dios» en todas las acepciones imaginadas, incluyendo las del poder, el dinero, el petróleo o la propiedad del resto de recursos naturales–. Es asesino el que inflinge la herida... y el que le apoya, el que le induce, el injusto, el indiferente, el opresor, el ambicioso, el necio, el que no tiene escrúpulos, el mercader indecente, el hambriento de poder, el intolerante, el que guarda silencio, el que esgrime dinero contra otro, el que despilfarra, el deshonesto, el que contemporiza, el que hace caridad, el que se humilla, el que sólo piensa en sí mismo, el que compite por todo, el que se niega a pensar aún siendo el muerto.
Por cierto... ¿Hay vascos en la India?
Pues eso, mísero Aznar, pues eso.
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